martes, 21 de octubre de 2008

Alucinación décima séptima.

—Alejandra, nos vamos.
Te tomé de la mano y te miré a los ojos. Entendiste que era el momento preciso, tal cual lo habíamos planeado en nuestros pequeños simulacros anteriores. Ya sabíamos muy bien lo que teníamos que hacer. Sin afligirte tomaste la maleta, empezaste a guardar la ropa necesaria, dijiste alguna oración que de cierta manera aumentó nuestra protección y desencadenó ese evento tan mágico. Yo salí del cuarto y prendí un cigarrillo, vi todas las cosas que la casa guardaba y sentí una nostalgia tan grande, tan agujereante en el pecho, pero no te dije nada.
Ahí estábamos los dos, huyendo de aquel mini Apocalipsis que se me reveló en un sueño: no teníamos ni la menor idea de lo que vendría, cuántos días iba a durar la catástrofe o si alguno de nuestros vecinos se salvaría. Pero esas eran cosas secundarias para mí. Lo único que quería era que vos estuvieras bien. Y no estuviste bien. Empezaste a llorar, primero en pequeñas gotas que alcanzaban a sostenerse entre tus parpados, después con más gotas y uno que otro jadeo, al final llegaste al apogeo del llanto y te tiraste en la cama, victima de la impotencia y tristeza. Y yo qué podía hacer sino verte, sino mirarte y sonreírte y fingir que todo iba a estar bien, decirte que arriba hay un Dios que nos escucha y hace todo de una manera que no entendemos, que no lloraras porque el llanto no me deja admirar tus ojos que tanto quiero y que rezaras, simplemente que rezaras.
Lo que más te preocupaba era la casa, por eso llorabas. No querías dejar nada, vamonos y comencemos todo de nuevo, querías llevártelo todo y cómo no llevárselo sí cada cosa guardaba un gesto o una parte ya fundada en nosotros. Pero ya era hora de la despedida, se acercaba la noche y el hecatombe inevitable. Y fue en ese momento, cuando salimos de la casa despidiéndonos de todo, asomando pañuelos en nuestras caras para ocultar el llanto, sintiéndonos tan tristes y diminutos, fue en ese momento. Alejandra, si yo había sido el profeta de la visión, vos fuiste la santa del milagro.
—¿Alejandra, qué fue lo que pediste cuando rezabas?— te pregunté.
Sólo me miraste y los ojos se te llenaron otra vez de lágrimas, te acercaste y el abrazo y los ojos al cielo y la risa de no poder explicar nada. Ahí estábamos los dos, estupefactos, casi pasmados, con una casa que nos seguía a donde ibamos.

4 comentarios:

alejandra mayela dijo...

ALEJANDRAA... ALEJANDRAAA.. ALEJANDRAAAAAAAAAAA =o PUYA vs y no me querias poner =( ... te pasas neno ya no escribas asiii xfavor!!!!

Anónimo dijo...

bububu mi casa, bububu mi casa

Anónimo dijo...

Ud, me cae mal.
punto.

Calila dijo...

Cada uno de los objetos que uno va consiguiendo con los años, independiente del valor monetario, estan cargados con uno mucho mas poderoso, es el valor que le da las circunstancias, los momentos, los recuerdos... a mi tambien me pasa, me he movido mucho de aquí para alla y siempre me cuesta desprenderme del significado de las cosas...
Pero despues de todo, si esos cambios significan un bien mayor... sobre todo el amor... en todos sus sentidos.. los sacrificios no pararan de venir