martes, 19 de agosto de 2008

Alucinación séptima.

Tomé el paracaídas y subí al avión. Las vistas panorámicas nunca fueron de mi agrado, pero no me quedaba más remedio que terminar así. Esta sería, sin dudarlo, mi obra maestra.

Las turbinas del avión parecían materializarse como tapones en mis oídos, no me dejaban escuchar absolutamente nada aparte de mi conciencia y otras voces: he aquí la primera escena: escucharse a uno mismo. El dialogo entre mi mismo y mí yo parecía alcanzar límites infinitos, los argumentos volaban como arpones rompiendo todo a su paso: mis estatuas mentales, rótulos gigantes, cuadros retinescos. Rompiendo todo hasta tocar aquella pequeña caja que contenía mi conciencia, y que al mínimo contacto vació el aire que contenía en forma de retumbos calcinantes hasta dar paso a una tranquilidad absoluta, uno o varios de mi yo habían desaparecido. Sólo habiendo desaparecido parcialmente encontré lo que necesitaba.

Al cabo de unos veinte minutos el avión alcanzó su altura máxima. Se abrió la compuerta y me lancé, sin pensarlo. Nunca he sido de los que piensan las cosas, así soy desde que recuerdo y no voy a cambiar, verdaderamente no puedo dejar el mal hábito de sorprenderme a mí mismo y a los demás diciendo la primera barbaridad que pienso. Venir cayendo a toda velocidad hacia la tierra es una gran cosa, la mente se despeja o se llena de cualquier cosa, el momento antes de abrir el paracaídas se convierte en una ventana que muestra el orden de las prioridades, cada tanto uno descubre que sus prioridades han cambiado y uno se sorprende. Es esta pues la segunda escena: a veces hay que decidir entre la costumbre y lo nuevo.

Aparecí ante mí mismo, viéndome caer a toda velocidad en medio del cielo, por un momento me asusté puesto que no me reconocí, no es común que alguien se mire a si mismo desde afuera. Rápidamente dibuje una sonrisa, sabía exactamente lo que pasaba por mi mente siendo ajena a esta, estaba haciendo cálculos mentales inentendibles que repasaban las cosas que quiero y las que no quiero, las que tengo y las que no, las que creo necesitar y las que verdaderamente necesito. Llegue a dos conclusiones. Mi medidor de altura estaba a punto de exceder la caída segura o la caída en los noticieros del mediodía, ya no había vuelta atrás. Saqué el lápiz labial que traía en la bolsa, el mismo que ella había olvidado en mi cuarto esta mañana. Tiré el paracaídas, que ascendió súbitamente, y me quité la ropa del pecho como pude, nunca pensé que las últimas letras que escribiría serian estas. Primera conclusión: lo nuevo realmente suele dar sorpresas.

El telón se abrió por tercera vez: ahora vienen los “hubiera” después de las decisiones. Hubiera abierto el paracaídas, me hubiera quedado en la cama viéndola despertar (si ella se hubiera quedado, claro está), hubiera terminado mis ideas de libros antes de decidirme por esto, hubiera ignorado a los voz en mi cabeza esta mañana. No vi pasar mi vida como una película, sino como una fotografía, la única fotografía que lograba reunir todas las cosas que quiero: alrededor de dieciséis caras conocidas, todas con una sonrisa, sobre algún campo de corte chileno, con una canción bastante notable entre las nubes y con un cielo lleno de estrellas. Si no hubiera visto esa imagen no hubiera entendido mi vida.

Con todas mis fuerzas logré posicionar mi cuerpo verticalmente, mis piernas se deformaron con el impacto en la tierra, aquella fuerza abrazó todos los rincones posibles de mí ser hasta finalizar en mi cabeza. Los ojos casi se me salen, el dolor fue tan fuerte que no pude gritar, pasé a ser un hombre mitad hombre mitad masa. Cuando los paramédicos llegaron yo ya no tenía salvación, aunque hubiera pagado con mis dos vidas siguientes el ver la cara de aquellas personas al leer el mensaje en mi pecho. Aquí viene la escena final: vivir feliz con las decisiones que se toman.

Los noticieros y periódicos se llenaron de toda clase de encabezados sobre mí: “hombre se suicida y acepta donar sus órganos”, “muerte segura convierte a hombre en altruista”, “caballero desconocido se suicida por razones pasionales”, de verdad que a la gente le gusta encontrar una razón para todo. Y es que mi pecho quedo eternizado con una cara feliz y la frase que rezaba “acepto donar mis órganos”.

Cuando todavía caía noté que mis cálculos mentales estaban equivocados, no se trata de las cosa que yo quiera, necesite o tenga, se trata de las cosas que me quieren, de las que me necesitan o de las que me tengan, son los terceros y externos a nosotros los que dan sentido a nuestras vidas. Esa fue mi obra maestra y segunda conclusión, morir entendiendo que giro alrededor de ciertas cosas y personas, no al revés. Que mi ego fue el que quedó desecho en la tierra.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

:|
...
ya leí
:)

Yo Camino dijo...

Una parte ,e recordó a mi mamá cuando fui a sacar mi DUI. Me llamó por teléfono justo cuando estaba llenando el formulario y me gritó "¡No vayás a poner que donás órganos!.

Alejandro Terego dijo...

cabal! yo no se que tienen los papas con que uno done sus organos, como que si los vas a usar cuando este muerto.

Anónimo dijo...

en mi DUI está eso de donadora de organos :)
yo le dije a mi mama: "Los dono?"
y ella: si, dale XD

Saludos Mr.